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El Viernes Santos de Cada Día

Mario J Paredes
Son pocos los hombres que se arriesgan y arriesgan por los otros. Como dice el poema: Pocos los que “huyen del mundanal ruido y siguen la escondida senda, por donde han ido, los pocos sabios que en el mundo han sido”. (Fray Luis de León). Porque estamos acostumbrados a cuidarnos y a protegernos en un frenesí de egoísmo y hedonismo narcisista. Por eso, impactan tanto los pocos hombres y mujeres que van contracorriente, que salen del molde, esos que entienden la vida como un don para servirla a los demás. Jesús de Nazaret fue uno de ellos.

La semana santa es también llamada la “Semana mayor” del año por los cristianos católicos. Sobresalen en ella tres días: el jueves, viernes y sábado en la noche que se conocen como el “Triduo Pascual”. Quiero referirme en este artículo al significado que contiene, no sólo para los católicos o los creyentes en Cristo, sino para toda la humanidad, la conmemoración anual de la pasión y muerte de Jesucristo en el “Viernes Santo”.


En un mundo de incoherencias entre lo que se dice y lo que se hace desentona y llama la atención, hasta hoy, dividiendo la historia en dos partes, la figura de Jesús de Nazaret, quien con total autoridad, con absoluta transparencia y congruencia entre lo que vivió y predicó, con hechos y con palabras, entre lo que anunció y denunció, afrontó hasta las últimas consecuencias su muerte en cruz.


Pasión y muerte fruto de sus opciones; derivadas todas ellas de su reconocimiento de Dios como Padre y de todos los hombres como hermanos. Y, con ello, de su absoluta certeza de que la felicidad y el sentido de la vida humana se alcanzan, no en la búsqueda del poder para aplastar y atropellar o del propio confort y placer, ni tampoco en la acumulación de bienes materiales sino en la entrega generosa de la vida en amor, perdón, servicio y solidaridad con todos, especialmente con los más necesitados: quien guarda y cuida egoístamente la vida la pierde pero quien la gasta en amor y servicio a los otros la gana para siempre (Cfr. Mc 8,35)


Por eso la vida cristiana, la vida de quienes dos mil años después confiesan a Jesús, el Cristo, como su “camino, verdad y vida” (Jn 14,6) y le siguen como sus discípulos, es ante todo un estilo de vida: la misma vida que Él vivió y según una lógica no coincidente y contraria a la lógica del mundo: Porque “ustedes están en el mundo, pero no son del mundo” (Jn 17,15). En este choque de criterios – entre el mundo y el evangelio de Jesús - nacen las persecuciones y con las persecuciones la cruz: “El que quiera seguirme que tome su cruz…”(Mt 16,24); la misma cruz que Él afrontó con toda autenticidad, valentía y fidelidad a sus convicciones y a sus compromisos con Dios: “No conviertan la Casa de mi Padre en cueva de bandidos” (Mt 21,12); sus compromisos con el hombre: “Porque el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27); con la verdad: “Para esto nací… para ser testigo de la Verdad” (Jn 18,37); con la libertad: “Ay de ustedes fariseos hipócritas” (Mt 23,13), “Cuando vio que querían proclamarlo rey, huyó” (Jn 6,1), “Vayan y díganle a ese zorro que debo seguir mi camino” (Lc 13,32); con la justicia: “Quiero darle lo mismo al último que al primero” (Mt 20,13) y la fraternidad: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). Por todo ello, su predicación fue rechazada (“Ningún profeta es bien mirado en su propia tierra) (Lc 4,24), se le condenó a muerte, como blasfemo y falso profeta y vivió la profunda crisis de sus padecimientos y su muerte en cruz - como una donación libre y una entrega total: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46)


La vida de Jesús, como la de ningún otro personaje en la historia, está marcada por los contrastes, por lo desconcertante, por las paradojas, como permanente “signo de contradicción” (Lc 2,34):

  • Desde su nacimiento es adorado por unos y buscado para darle muerte por otros.
  • Durante su ministerio público: es aceptado por los pecadores y rechazado por los aparentemente justos. Seguido por el pueblo y perseguido por las autoridades. Se le ama y se le sigue hasta el martirio o se le odia hasta crucificarlo.
  • Con su vida, con sus hechos y palabras, con su Evangelio ofrece un plan, una iniciativa salvadora de Dios que es rechazada casi sin ser escuchada o entendida por los hombres.
  • Para seguirle, exige la negación de sí mismo. Proclama felices y bienaventurados a los despreciados por el mundo y enseña que para ser grande y primero hay que hacerse último y servidor de todos, amando a los que nos hacen mal y poniendo la otra mejilla.
  • Inaugura y hace presente la soberanía de Dios no mediante la violencia, la fuerza o el poder de las armas sino mediante el amor, la misericordia, el perdón y para esta tarea se hace acompañar y ayudar por anónimos y humildes pescadores.

Como quedó dicho, esta vida y secuencia ininterrumpida de paradojas alcanza su máxima expresión en los acontecimientos que recordamos en la Semana Santa. Ahora bien, esta conmemoración anual puede hacerse como un paseo por un museo de antigüedades, una memoria y lamento por acontecimientos injustos ocurridos en la persona de Jesús de Nazaret, sin que impliquen, afecten o transformen nuestro presente.


Pero hay una manera auténtica de conmemorar la pasión, muerte y resurrección del Nazareno y, más que eso, de hacer hoy válido y vigente todo su proyecto de vida, que consiste en hacer memoria de lo sucedido en el pasado en la persona de Jesús, pero - al mismo tiempo y bajo esa luz - revisar, interpelar, cuestionar y renovar todo nuestro presente, en el empeño de construir un mejor futuro.


Porque todos los acontecimientos sucedidos en la persona de Jesús se repiten hoy y esclarecen la vida de los que son capaces de lavar los pies a sus hermanos y de construir fraternidad partiendo y compartiendo el pan o en las condenas a muerte y en las muertes injustas de tantos inocentes. Porque aquel viernes de hace dos mil años se prolonga y actualiza hoy en los sufrimientos de los que se comprometen cargando la cruz propia y ajena y en la vida de los cirineos y verónicas que alivianan la vida de los otros. Porque las caídas de Jesús, camino al Calvario, esclarecen nuestras caídas y porque, su desnudez, ilumina la vida de los millones de despojados de mil maneras en el mundo.


Hoy, aunque nos hemos acostumbrado a mil formas de padecimientos y de muerte, estamos llamados a construir un mundo en el que la perfección del hombre se encuentre en el mandamiento nuevo del amor, según los ideales, valores y criterios de “Aquel que crucificaron colgándolo de un madero” (Hc 5,30).


Mario J. Paredes, presidente ejecutivo de SOMOS Community Care, una red de 2,500 médicos independientes —en su mayoría de atención primaria— que atienden alrededor de un millón de los pacientes más vulnerables del Medicaid de la Ciudad de Nueva York.