Las políticas del actual gobierno, especialmente las migratorias, marcan y afectan particularmente el presente y futuro próximo de la comunidad hispana en esta nación. Todos hemos sido testigos del avasallamiento, la petulancia, la insensibilidad y la crueldad con la que muchos hispanos e hispanas están siendo violentamente expulsados del territorio estadounidense indiscriminadamente, sin contemplaciones y con la violación de derechos fundamentales humanos y ciudadanos.
Pero, además, recientemente ha sido aprobada una ley, que – según analistas políticos y económicos, recortará grave, profunda, drástica y duraderamente beneficios sociales a las comunidades más pobres de esta nación. Como CEO de SOMOS Community Care, una entidad dedicada a la salud, en la ciudad de Nueva York, me preocupa y nos preocupa el impacto y los efectos que esta ley “grande y hermosa” tenga en nuestra propia organización y la manera en que dicha ley atente y amenace nuestro servicio y a nuestros destinatarios en los sectores de la población más vulnerable de nuestra ciudad y de todo el país.
Es por eso que, más allá del ruido y del folclore de estas fiestas hispanas, es importante que – al interior de nuestras comunidades – nos preguntemos e interesemos por nuestra educación y sensibilización social respecto del impacto de nuestra presencia como hispanos o latinoamericanos en los Estados Unidos, mediante una formación que nos permita desmentir estereotipos y prejuicios raciales.
Es muy importante que procuremos apoyo a organizaciones y negocios de carácter hispano, que nos interesemos por la participación cívica y política mediante el voto y por la “mejor política” como la llamaba el amado primer papa latinoamericano Francisco: por el ejercicio político cotidiano que no busca el bien personal, individual, egoísta, desinteresado y deshonesto del bolsillo de cada uno, sino que busca la mejor convivencia social mediante el bien común y el bienestar de todos. Que nos interesemos por la formación de líderes cívicos al interior de nuestras comunidades y por la integración de todos en la nueva sociedad y cultura a la que llegamos, sin la pérdida – eso sí – de nuestra identidad, de nuestras raíces históricas, sin la pérdida de nuestro idioma, valores y tradiciones. Que nos interesemos por espacios y tiempos de diálogo en los que busquemos y encontremos consensos que favorezcan tanto a la cultura dominante como a la comunidad hispana.
Porque los desafíos que la realidad actual lanza a la comunidad hispana domiciliada en los Estados Unidos son todos importantes e impostergables en sus soluciones. Si queremos que nuestra presencia hispana – aquí y ahora – sea relevante e importante, tenemos todos, solidaria y fraternalmente, que afrontar y solucionar temas como la discriminación y los prejuicios raciales y xenofóbicos gubernamentales y sociales, la estigmatización contra los inmigrantes en un país conformado – desde siempre - por inmigrantes, las disparidades económicas, las barreras lingüísticas y culturales, el asunto del estatus migratorio legal de cada uno, asuntos sobre la salud y las discapacidades de tantos, el acceso a las oportunidades sociales, la brecha salarial.
Pero, además, hemos de afrontar y solucionar las brechas y diferencias educativas, la falta de apoyo financiero, la explotación laboral, la crisis de identidad o el trauma generacional, la desinformación, la inseguridad alimentaria o las dificultades para la adquisición de vivienda, sin contar los desafíos que conocemos y que nos llegan y afectan, a diario, de nuestras familias y seres queridos en nuestros países de origen.
Estos son nuestros principales desafíos, nuestras tareas importantes y pendientes. Del enfoque en ellas y de la solución de todas ellas depende la importancia o irrelevancia, la calidad o el defecto, el valor o la insignificancia, el éxito o el fracaso de nuestra presencia hispana en los Estados Unidos y el MES DE LA HERENCIA HISPANA es un espacio-tiempo propicio para celebrar, pero, sobre todo, para pensar, decidir y actuar en todo lo aquí expuesto.