Si lo católico es la apertura universal, lo hispano es una de sus manifestaciones históricas y culturales más ricas y apasionadas. No se puede entender la identidad hispana si se la divorcia de su sustrato católico, ya que, desde la consolidación de los reinos ibéricos, la cultura, el idioma, el arte, la literatura y la estructura social del mundo hispano se forjaron al calor de la liturgia, la teología y la mística. Cuando esta herencia cruzó el océano, el encuentro en tierras americanas no dio como resultado una mera réplica de la Europa medieval, sino un mestizaje cultural profundamente espiritual. Las grandes devociones populares, la arquitectura de las misiones que salpican el continente y las estructuras comunitarias nacieron de esta matriz. Ser hispano es, por tanto, heredar una cosmovisión en la que lo sagrado y lo cotidiano caminan de la mano, y en la que conceptos como la familia, la solidaridad, el honor, la dignidad de la persona y, sobre todo, el espíritu comunitario están íntimamente ligados a una antropología cristiana, aportando al catolicismo una calidez y una mística comunitaria indispensables.
Por último, es fundamental redefinir qué significa ser norteamericano, más aún hoy, a punto de celebrar 250 años de esta gran nación. Con demasiada frecuencia se ha pretendido reducir la identidad estadounidense a un molde cultural homogéneo y rígido, de raíces estrictamente anglosajonas, puritanas e individualistas, asumiendo que cualquier otra influencia es ajena o secundaria. Sin embargo, la verdadera naturaleza de los Estados Unidos es su carácter pluricultural, su historia construida a base de encuentros, migraciones y fusiones, donde la diversidad no es una amenaza, sino el motor de la nación. Estados Unidos nació y creció como la tierra de la oportunidad y de la acogida. Por lo tanto, mantener vivas las tradiciones de origen, profesar la fe familiar arraigada en la unidad y hablar el idioma materno no está, bajo ninguna circunstancia, en contraposición con el ser patriota o un ciudadano estadounidense ejemplar. Al contrario, el dinamismo de este país se nutre de ese crisol de culturas, y las contribuciones al desarrollo, la historia y la identidad profunda de los Estados Unidos han venido, de manera muy significativa y desde mucho antes de su fundación como república, de manos hispanas y católicas que moldearon el sur y el oeste de la nación. Ser estadounidense no exige un vacío cultural ni una asimilación ciega que borre el pasado, sino la disposición de aportar la propia riqueza cultural al bien de la sociedad común.
Cuando unimos estos tres vectores en el contexto de los Estados Unidos, descubrimos una interacción dinámica que da lugar a una ciudadanía excepcionalmente robusta y equilibrada. Lo católico eleva lo hispano y lo estadounidense al ofrecer una brújula moral universal y una dimensión de trascendencia que equilibra el materialismo pragmático o el individualismo extremo a veces presentes en la cultura norteamericana. A su vez, lo hispano humaniza y encarna lo católico en el suelo de los Estados Unidos, aportando la calidez del idioma, la centralidad de la familia, la vida comunitaria y una profunda sensibilidad social hacia los más vulnerables, dinamizando las parroquias y las escuelas a lo largo y ancho del país. Finalmente, el marco institucional y cultural de los Estados Unidos expande y desafía a lo católico y lo hispano, proporcionando un escenario de libertad religiosa, pluralismo, recursos y un empuje emprendedor hacia el futuro que permite que la fe y la cultura den frutos en un entorno democrático, competitivo y misionero.
Por todo lo anterior, debemos atacar con firmeza e inteligencia la noción excluyente de que existen abismos insalvables entre ser hispano, ser católico y ser ciudadano de los Estados Unidos. Quienes intentan dividir estos elementos o presentar la herencia hispano-católica como algo "extranjero" suelen hacerlo desde visiones sesgadas que buscan debilitar el tejido social, pretendiendo falsamente que para ser un buen estadounidense hay que asimilarse a un único estándar cultural y olvidar la fe de los padres. No hay contradicción alguna. Todos aquellos que asumimos con orgullo su fe católica, u honramos la herencia cultural hispana y servimos con lealtad y compromiso a los Estados Unidos, no estamos dividiendo nuestro corazón, ni viviendo una identidad fragmentada: al contrario, estamos encarnando el verdadero espíritu del lema nacional, E Pluribus Unum (De muchos, uno), demostrando que se puede ser profundamente hispano, plenamente católico y orgullosamente estadounidense, aportando así a la versión más rica, armónica y fuerte de lo que esta gran nación está llamada a ser en el mundo.