En su primer mensaje el recién nombrado Papa habló de la paz como el primer saludo del Resucitado a los primeros discípulos y como la mayor urgencia del hombre y del mundo actual. Nos recordó que el amor incondicional Dios aleja todo miedo y nos asegura que el bien triunfa sobre el mal y que, Cristo, Luz del mundo, nos precede para tender puentes y construir la unidad por el vínculo del amor, “buscando siempre la paz, la justicia, buscando siempre trabajar como hombres y mujeres fieles a Jesucristo, sin miedo, para proclamar el Evangelio, para ser misioneros”, por una Iglesia “de diálogo, siempre abierta a recibir, como esta plaza, con los brazos abiertos a todos. Todos aquellos que necesitan caridad, nuestra presencia, el diálogo y el amor… Queremos ser una Iglesia sinodal, una Iglesia que camina, una Iglesia que busca siempre la paz, que busca siempre la caridad, que busca siempre estar cercanos, sobre todo a aquellos que sufren.”
Con este bagaje de talentos y experiencias, el nuevo Papa está capacitado para afrontar los grandes desafíos que el mundo de hoy le plantea al ser y quehacer de la Iglesia, a su misma identidad y a la tarea evangelizadora de la Iglesia, que somos todos los bautizados. Que todo este cúmulo de experiencias y dones nos inspire a todos los ciudadanos del mundo y a los que tenemos – por la fe y el bautismo en Cristo - el compromiso de ser y construir Iglesia.
Son muchos y muy graves los problemas que aquejan hoy la vida del ser humano, la convivencia social: los conflictos bélicos, el cambio climático, la injusta distribución de la riqueza y de la justicia, el empobrecimiento de grandes mayorías y la inequidad social, la inseguridad alimentaria, la violación de los derechos humanos, los grandes movimientos de migración humana, la instalación de regímenes dictatoriales, la pérdida de biodiversidad, la desigual distribución de oportunidades tecnológicas, etc.
Y al interior de la Iglesia: la secularización, las tendencias “culturales” de la postmodernidad, una “cultura de la muerte”, los crímenes sexuales por parte de clérigos, la polarización interna y tensiones entre bloques ideológicos, generacionales o ideológicos, la crisis de vocaciones sacerdotales y religiosas, etc., ponen en duda o dificultan la capacidad de la Iglesia para cumplir en el mundo, a cabalidad y con autenticidad evangélica, la tarea encomendada por Jesús.
Todos estos problemas se convierten hoy en clamores y desafíos a la misión de la Iglesia en el mundo, liderada por León XIV.
Un hombre, un religioso, un cristiano, un pastor, cuyo mestizaje racial y cultural, su conocimiento de varios idiomas, su formación académica, su espiritualidad agustiniana, su experiencia pastoral misionera en comunidades de los más pobres, su servicio como general de los agustinos y como encargado del dicasterio para los obispos del mundo entero, etc., lo capacitan como un Papa al que la humanidad entera le cabe en la cabeza y en el corazón, como pastor de la paz, capaz de conciliar y reconciliar los nortes con los sures de la tierra, capaz de guiar a la Iglesia como casa de puertas abiertas para todos, casa de compasión y de misericordia, como lo exige el Evangelio y nos ilusiona con la posible continuidad en el ministerio realizado por su antecesor Francisco, pero – especialmente - con la lógica misma del Evangelio.
Como Presidente de la Academia de Líderes Católicos, presente en veintidós países, me congratulo con todos los que conformamos esta institución al servicio y en apoyo a la evangelización de la Iglesia en la sociedad, por la elección del nombre del pontificado del nuevo Papa: LEÓN XIV. León XIII pasó a la historia como el padre de la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente con la publicación de su Encíclica Rerum Novarum, en 1891.
Así, el nombre de León XIV significa un renovado interés porque la misión de la Iglesia en el mundo se empeñe en iluminar e intentar resolver los graves problemas sociales que hoy, lastiman a tantos, especialmente a los “descartados” de la tierra.
La Doctrina Social de la Iglesia es el fundamento de la visión y misión de la Academia que presido y León XIV nos anima, entonces, a continuar en la búsqueda de una Iglesia y un mundo mejor, según los criterios del Evangelio. Todo lo cual, en este año jubilar de la esperanza, nos renueva en la espera de tiempos mejores para todos.
¡Buen viento y buena mar para la Barca de Pedro con León XIV como capitán y timonel! ¡Ad multos annos!